Sunday, February 10, 2008

Call me daddy

HHH dice:
tus padres alguna vez te han golpeado?
Kath dice:
no
HHH dice:
deberían

Kath dice:
por qué?
HHH dice:
Tú sabes bien porqué...

Kath dice:
jaja
HHH dice:
De todos modos ya es demasiado tarde
Kath dice:
La semana pasada mi mamá me pellizcó una nalga, eso cuenta?

HHH dice:
No, pero suena muy sexy. Tu mamá todavía está buena
Kath dice:
Será que yo llego a esa edad estando tan buena como ella?

HHH dice:
mmm... No. Tienes veinte años menos y ya eres fea
Kath dice:
Entonces porque estás conmigo?

HHH dice:
por tus nalgas

Kath dice:
Hijueputa!!!
HHH dice:
así me quieres

Kath dice:
He visto fotos de mi mamá, era fea, se puso bonita ahora vieja
HHH dice:
o sea que aún tienes esperanzas

Kath dice:
Me toca

HHH dice:
de pronto te siente bien una barriga grande y tres bebés

Kath dice:
prefiero no pensar en eso

HHH dice
yo quiero tener tres lindos niños para golpearlos en tardes aburridas como ésta
Kath dice:
me alegro de no ser tu hija
HHH dice:
no digas eso, yo sería especial contigo
Kath dice:
???
HHH dice:
podría violarte de vez en cuando.... pero con ternura paternal

Kath dice:
ASCO!!!!!

HHH dice:
Es mejor eso a que vayas por una calle sola y te viole un desconocido... la familia es primero

Saturday, February 9, 2008

Identidad

En esa billetera estaba yo. Ahora, algún otro camina con mi nombre y mi rostro y mis números en el bolsillo. Ese otro es yo y votará y matará en mi nombre. Sólo ruego que lo haga muy lejos del dinero que sudó ese hombre que yo fui antes de que me robara y que tenga la delicadeza de escribir las novelas que yo aún no he escrito y de firmarlas con mi nombre.

Friday, February 8, 2008

Cheng

Sabía que el despertador sonaría pronto. Estaba despierto pero aún pasaban cosas detrás de sus párpados. Siempre pasaba minutos antes del despertador. Una niña lloraba sentada sola en un columpio, se levantaba y caminaba hacia él mirándolo fijamente con unos enormes ojos negros, comenzaba a mover los labios, parecía estar a punto de decirle algo, cuando un ruido electrónico interrumpió el sueño.
—Aló.
—¿Señor Fernández?
—Sí, soy yo. ¿Quién habla?
—Susana Cheng, de la veterinaria.
—¿Como está Jack?
—Creo que es mejor que venga a la clínica, señor Fernández.
Fernández trabajaba por las mañanas, excepto los martes, pero era jueves. Sus alumnos tendrían que esperar. Se lavó los dientes y la cara, se puso la misma camisa del día anterior, se había quedado dormido con jeans y medias, sólo le faltaban los zapatos. Tomó un taxi. Bajó despacio. Entró a la clínica. Esperó a Cheng en la recepción, junto a una asistente pelirroja que lo miraba a través de unas gafas grandes de marco rosado. Susana Cheng se acercó a la recepción con las manos en los bolsillos de la bata.
—Buenos días, señor Fernández. Llega pronto. ¿Cómo amaneció?
—¿Cómo está Jack?
—Lo siento, señor Fernández, su gato murió esta mañana.
Fernández recibió confundido el tono neutral de Cheng, tardó unos segundos en entender que hablaba en serio. Tragó saliva con sabor a fluor y detuvo la lágrima con el índice antes de que le llegara a los labios. Una mujer entró abrazando un french poodle moribundo. Fernández miró al perro detenidamente y no pudo darse cuenta de las tetas pecosas de la mujer que lo llevaba. Suspiró hondo, parpadeó lentamente y volvió con una mirada enfurecida sobre los ojos rasgados de Susana Cheng:
—¿Para eso me hace venir hasta acá? ¿No me podía haber dicho eso por teléfono?
—Es política de la clínica dar este tipo de noticias personalmente.
—Ya no importa.
—Sí, no es para tanto, hay muchos gatos.
—¿Sufrió?
—Sí, mucho. Lo mejor que le pudo pasar fue morirse.
—Hm.
—¿Quiere verlo? Está un poco tieso, pero aún se ve lindo. Puede sentarle bien despedirse de él. Casi todos los dueños de mascotas muertas lo hacen.
—No, no quiero verlo. ¿Qué hago ahora?
—¿Ha pensado qué hacer con el cuerpo?
—Me enteré hace dos minutos, ¿cuándo diablos iba a pensar qué hacer con el cuerpo?
—Está bien. No se preocupe. Podríamos incinerarlo con los deshechos médicos, pero también contamos con un programa de donación. Si quiere puede donar el cuerpo de Jack para que no se desperdicien sus órganos, nosotros nos encargamos de los trámites, usted sólo tiene que llenar un formato.
Fernández recorrió con la mirada los azulejos verdes de las paredes de la clínica. Vio los afiches de perros y gatos felices sobre grama verde, vio a los pacientes caninos y felinos en brazos de sus dueños humanos, vio el vaho de la mañana enferma, vio todo despacio, hasta encontrarse de frente con las gafas de marco rosado de la asistente y después con los ojos de Susana Cheng, que esperaba una respuesta. No lo pensó demasiado y asintió resignado con un sólo movimiento de la cabeza. Cedería el cuerpo de Jack a alguna institución.
—Está bien, señor Fernández, voy a llamar a la entidad que recibe las donaciones mientras usted llena los papeles.
—Ok.
Cheng pidió un formulario a la asistente, lo extendió a Fernández junto a un bolígrafo de tinta roja. Sacó una tarjeta del bolsillo de su bata y comenzó a marcar un número desde el teléfono de la recepción.
—Wang cheng sai, hai li. Low mein. Kin sei wah...
Fernández la miraba extrañado mientras llenaba las casillas del formulario apoyado en el escritorio de la asistente. No sabía una palabra de chino, no sabía si eso que Cheng hablaba al teléfono era chino o japonés o inglés con acento neozelandés. Sólo entendió las dos últimas palabras que Susana Cheng dijo antes de colgar.
—Han chow ki, chai sem... Chow mein... Yun lai, wong... Chop suey...

Monday, January 28, 2008

Caza de muñecas

La primera vez que entré, no entendí bien esa casa. Tampoco entendí por qué papá no vendría con nosotros. Solo mamá y yo. Liz había llegado un poco antes con su amiga. Nosotros, tarde, como siempre. Bajamos de un taxi y entramos con las maletas arrastradas a una casa grande de dos pisos.
En la sala había unos muebles que yo no conocía y una familia que no era la mía: un hombre sin camisa, que no era mi padre, una mujer de la edad de mi madre, que no era mi madre, una anciana maloliente, que no era mi abuela, y un perro feo que no era mi perro –nunca tuve un perro–. También había una niña bonita, que no era mi hermana, y otra niña, gorda, que sí era mi hermana, Liz, sentada a su lado. Yo tenía nueve años, aún no era capaz de mirar a los adultos a los ojos.
Almorzamos con esa familia desconocida, las maletas al lado de la mesa. Mamá hablaba con esa otra abuela y mi hermana con esa otra niña. La otra mujer, de la edad de mamá, y el hombre, sentado sin camisa a la cabeza de la mesa, arrojaban huesos de pollo al perro. Desde mi silla veía la puerta entreabierta de un baño azul y sólo pensaba en terminar mi plato e ir a lavarme pronto para conocer mi nueva casa, mi nuevo cuarto, mis nuevas cosas.
–Mamá, voy al baño –dije.
–Andrea, acompáñalo –respondió la mujer de la edad de mamá y mamá no dijo nada.
–No hace falta, señora, ya vi donde queda –agregué.
Pero ése no era nuestro baño, ni ésa nuestra casa. Andrea hizo caso a su mamá, se levantó de la silla, se acercó a mí, tomó mi muñeca y atravesó conmigo el corredor hasta llegar a unas escaleras junto al patio. Subimos despacio, ella cantaba una canción un paso delante de mí sin soltarme y yo me dejaba arrastrar mirándolo todo con la calma de la primera vez. Se detuvo faltando tres escalones, giró hacia mí y el sol, filtrado por los calados junto a la escalera, iluminó mi rostro de niño de nueve años que no era capaz de mirar a los ojos a un adulto y mucho menos a una niña más grande. Despacio, Andrea levantó la parte inferior de su camiseta, desnudó su ombligo hondo, y limpió con la tela verde la grasa que cubría mis labios.
Los muebles de la casa vieja estaban amontonados en sólo dos cuartos. Era como meter toda nuestra vida pasada en un presente demasiado estrecho. Vivíamos atrás, en el segundo piso. Éramos sólo mamá, Liz y yo. Allá arriba. Sólo los tres. Y nos odiábamos demasiado, y no teníamos un televisor que pudiera amainar la rabia. Mamá nos odiaba porque odiaba a papá, nosotros la odiábamos porque aún amábamos a papá y la odiábamos también por habernos traído a esta pocilga y por ser estúpida e ignorante, y Liz y yo nos odiábamos mutuamente porque éramos hermanos y porque no había nada mejor qué hacer, sin un televisor, que pelearnos para llenar el silencio con gritos y llegar muy cansados a la noche para dormir sin recuerdos. Y como no teníamos porqué pelear, como no teníamos nada que pelearnos, peleábamos por Andrea. Y como yo no podía ni mirarla a los ojos, y como yo era hombre y no me dejaban jugar con muñecas, siempre perdía contra Liz, y ella se quedaba con Andrea y yo me quedaba solo.
–Mau, vienes conmigo al mercado.
–No, mamá. Yo me quedo.
Y me quedaba solo, arriba, frente a la ventana, contando los carros azules que pasaban por la calle de atrás. Desde ahí alcanzaba a escuchar las risas de Andrea y de mi hermana y no podía evitar bajar unos pasos y dejar de contar los carros azules y asomarme por los calados a verlas jugar en el patio. Liz era gorda, Andrea era bonita como las frutas, no podía dejar de mirarla.
Algunas tardes, después del colegio, Andrea subía con Liz. Se encerraban en el cuarto de mamá, hablaban muy bajo y reían. A veces pensaba que se reían de mí. Andrea hablaba poco y reía mucho, Liz era gorda. Yo no alcanzaba a escuchar lo que decían.
Cada vez que tenía que salir, caminaba muy despacio después de bajar las escaleras. Trataba de alargar en los segundos la posibilidad de encontrármela. Una tarde, pasando junto a su cuarto, la vi de espaldas, bocabajo, a través de la puerta entreabierta. Lo pensé. Alcancé a tocar la madera con la yema de los dedos, el perro ladró, ella dio media vuelta, nuestros ojos se encontraron, caminé lo más rápido que podía caminar sin correr, llegué a la puerta ahogado, el sol me golpeó la cara con violencia al salir, dejé caer los párpados y volví a respirar con los ojos cerrados.
Los días pasaron despacio. Entre tareas, gritos, silencios, el sol de los calados y carros azules. Mamá hablaba mucho por teléfono y lloraba por las noches, Liz seguía siendo gorda, Andrea, lejana, y yo estando solo.
Dos semanas después decidí hacerlo. Bajé las escaleras a medianoche con una bolsa en la mano. El perro no ladró. Las puertas estaban cerradas, excepto la del baño azul y la de Andrea. Entré a su cuarto, estaba dormida. Le quité el pelo de la cara, vi su piel blanca, inmóvil. Recorrí sus mejillas con el dorso de mi mano, suave. Tomé sus muñecas. Temí que despertara y gritara, pero abrió los ojos despacio, con calma pesada, entredormida, sonrió y supe que me faltaban sólo cinco años para poder besarla.
Salí de su cuarto con la bolsa llena y subí a encerrarme en el baño pensando en ella. Fue una noche larga.
A la mañana siguiente, mamá me encontró dormido con la cabeza apoyada en el inodoro. Gritó muchas cosas, como siempre, estúpida e ignorante. Me agarró por el brazo, me tiró en la cama. Gritó muchas cosas, quizá las mismas, y me mandó de inmediato a vivir con papá.
Extrañé a Andrea unos meses, después la olvidé por un tiempo. Cuando volví a verla tenía espinillas y era mucho más gorda que Liz. No quise besarla. Preferí recordarla siempre como la piel suave que sentí en el dorso de mi mano derecha, la misma noche en que descubrí lo que tienen las Barbies entre las piernas.

Bocachico

Cada mañana, el río parecía infinito. Cada mañana, hasta la última. Después fue mediodía e hizo mucho calor. Las historias más bellas suelen tener finales terribles.

Tuesday, January 15, 2008

La derrota

Junto a mi cama, sobre la mesa de noche, siete libros debajo del control remoto.

Thursday, January 10, 2008

Comida rápida

–¿Para eso me haces venir hasta acá?

Concurso

Teresa dice:
Te gustó?
JP dice:
M.
Teresa dice:
Al menos dime algo.
JP dice:
No sé.
Teresa dice:
Hace meses que no te gusta nada mío.
JP dice:
Creo que estás muy deprimida. Es como si llevaras un diario de tus desgracias. No es tu estilo.
Teresa dice:
Hm.
JP dice:
¿Sabes qué es lo que menos me gusta de este último que me mandaste?
Teresa dice:
¿Qué? ¿Que da lástima?
JP dice:
No, eso es secundario. Creo que lo peor es esa segunda persona. Es como si tu voz de mujer te estuviera hablando por dentro y te dijera qué hacer. Es como un cuento de mujer.
Teresa dice:
¿Feminista?
JP dice:
No, ni siquiera. Todo lo contrario. Es sexista, derrotista. La vieja tiene a una feminista adentro que le está gritando que salga corriendo, pero ella no puede y se queda ahí cocinándole, lavando los platos y comiendo mierda.
Teresa dice:
Hm. ¿Entonces crees que deba esconder ese cuento?
JP dice:
Sí.

Teresa ha enviado un zumbido.

Teresa dice:
¿Cuándo vuelves?
JP dice:
El martes.
Teresa dice:
Estoy desesperada, ya necesito que estés aquí.
JP dice:
Estuve allá seis meses y casi ni nos vimos.
Teresa dice:
Ahora es muy diferente.
JP dice:
Siempre es "muy diferente".
Teresa dice:
No vamos a empezar a pelear...
JP dice:
Todo bien. Pero no prometas nada.
Teresa dice:
En serio quiero que vengas.

JP dice:
Da igual, quieras o no, llego el martes.
Teresa dice:
Te estaré esperando.
JP dice:
Espérame con el corazón y las piernas abiertas.
Teresa dice:
Jajaj
JP dice:
Sabes qué deberíamos hacer cuando llegue?
Teresa dice:
Dime.
JP dice:
Deberíamos hacer concursos de cuento corto cada tres días, el que pierda se la chupa al otro.
Teresa dice:
Jaja. No aguanta chuparla por compromiso.
JP dice:
Quién te manda a perder??
Teresa dice:
Jajaja. ¿Y quien es el juardo?
JP dice:
Yo
Teresa dice:
Tú lo q quieres es chupada segura cada 3 días
JP dice:
Tranquila, me gusta tanto chupar como que me chupen, así que repartiré los premios con justicia.
Teresa dice:
Para ser sincera a mí no me gusta de a mucho q me la chupen. Me aburre.
JP dice:
Lástima, a mí me encanta ese sabor.
Teresa dice:
Sinceramente, prefiero chupar.
JP dice:
Entonces te toca perder.
Teresa dice:
No aguanta.
JP dice:
Bueno, pero si ganas puedes elegir chupármela.
Teresa dice:
¿Y si tú ganas?
JP dice:
Si yo gano te toca chupármela también.
Teresa dice:
¿Y cuál es la gracia del concurso si de todos modos te la voy a acabar chupando?
JP dice:
Ésa no era la idea. No es mi culpa que te aburra que te chupen.
Teresa dice:
No me ha ido bien.
JP dice:
Aún te falta conocer mi lengua. Creo que mi lengua podría hacerte retomar el camino de la literatura.
Teresa dice:
Ven pronto.
JP dice:
El martes.

Thursday, January 3, 2008

Six

Era más fácil rodar por la arena. Estaba húmeda y negra y se pegaba a sus jeans cortos y a su piel, que continuaba siendo blanca a pesar de llevar tres años rodando bajo el sol de esta playa.
Veíamos ese cuerpo pálido rodar entre nosotros y las trillizas. Escuchábamos esa voz aguda peleando contra la brisa y aún no podíamos saber si se trataba de un hombre o de una mujer. Sus patas flacas y su cuerpo sietemesino continuaban untándose de arena negra, sal y mierda de perros. Sus ojos seguían clavados en las tetas de las trillizas.
–Tápate eso –gritó el cuerpo arrastrado desde la arena, y esta vez su voz aguda se escuchó plena y sonó femenina, y la trilliza de amarillo giró hacia esa voz y "eso", sus tetas enormes, fue pleno de frente–.
Tápate eso –repitió mordiéndose el labio–, que tienes mucho y hace hambre.
La trilliza de amarillo ahogó una carcajada, la de negro apretó las cejas con una sonrisa confundida, la del medio se acomodó el top naranja del que se asomba una gota de pezón caramelo. Nosotros seguimos desde la hamaca, nada, ese cuerpo marchito y pálido que rodaba sobre la arena negra de las cuatro de la tarde. Seco el sol, la cerveza era ya una espuma tibia y, al fondo, seis tetas iguales, trillizas, y seis pies mojados jugaban con la otra espuma
.
–Tápate eso, niña, que desde allá arriba se ve todo.
Y continuaba sobre la arena, buscando algo allá arriba con la cabeza levantada hacia un cielo azul pleno, mientras avanzaba hacia las trillizas impulsada por las manos como una perra flaca sin patas traseras. Reptando, con las piernas arrastradas y los brazos sosteniéndola, los omoplatos se asomaban rompiéndole los hombros.
–Dios te está mirando desde allá arriba y te ve todo. ¡Tápate...! Sí, tú, la de naranja.
No fue un grito, fue una súplica tajante. La de amarillo abrazó a la de naranja, porque sabía que hablaba sólo con ella, y la de negro, que había nacido dos minutos antes que las otras dos, se paró de frente a defender a las hermanas menores, sin miedo, sabiendo que eran sólo palabras y que la playa estaba muy llena y que nosotros no habíamos dejado de mirarlas ni un segundo y que esos huesos inofensivos arrastrados por la arena no podrían hacer más que asustarlas. Sin miedo.
–Tápate eso, niña, que Dios te está viendo desde allá arriba y se le para la verga. ¿O tú crees que Dios es marica? ¿Tú crees que a Dios no se le para?